Plazas en barbecho, la penúltima ocurrencia de este Gobierno que parece gobernar entre risas, libres designaciones y bromas de despacho; Gobierno que decide sobre la vida de tantas personas; Gobierno que vuelve a poner de manifiesto una desconexión muy preocupante con la realidad de la gente trabajadora.
Porque detrás de cada plaza hay una persona. Hay familias, responsabilidades de conciliación, hipotecas, hijos e hijas, mayores a cargo y proyectos de vida que no pueden aplazarse ni tratarse como si fueran simples cifras en una hoja de cálculo o expedientes sin rostro.
Ahora pretenden convencernos de que, desdotar plazas, o dejar sin ofertar todas las vacantes, es una solución eficaz a un problema que, en gran medida, nace de su propia falta de planificación. Como si bastara con dejar las plazas “en barbecho” durante unos meses, como si el empleo público fuera un terreno agrícola que pudiera abandonarse hasta que vuelva a dar fruto por arte de magia.
Pero la realidad no entiende de metáforas cómodas. Estas decisiones no son neutras: castigan, una vez más, al eslabón más débil de la cadena. A quienes han invertido años de esfuerzo, sacrificio y estudio para superar una oposición. A quienes creyeron en un sistema basado en el mérito y la capacidad y hoy descubren que la improvisación pesa más que las reglas del juego.
Se actúa con la frialdad de quien administra desde el despacho sin detenerse a pensar en el impacto humano de sus decisiones, como si la empatía fuera un lujo prescindible y no una obligación básica de cualquier gestión pública digna de ese nombre.
Y el momento no puede ser más delicado: comienzan las tomas de posesión en distintas categorías y muchas familias se enfrentan a situaciones límite. Traslados forzosos, separaciones, problemas económicos y organizativos que alteran profundamente su estabilidad. Paradójicamente, todo ello como consecuencia de haber hecho lo correcto: estudiar, prepararse y aprobar.
Conviene recordar quiénes son las personas afectadas por estas decisiones. Son quienes sostienen el día a día de lo público: quienes madrugan o trasnochan según el turno; quienes cuidan de nuestros mayores y de nuestros hijos e hijas; quienes limpian, mantienen y hacen funcionar los centros; quienes garantizan servicios esenciales; quienes velan por nuestras carreteras, nuestro entorno rural y nuestro bienestar colectivo.
No son números. No son piezas intercambiables. Son el motor silencioso que mantiene en pie los servicios públicos.
Y si este es el cuidado que la Administración dispensa a su propia gente, conviene preguntarse qué modelo de servicio público se está construyendo. Porque gobernar no debería consistir en improvisar soluciones que siempre recaen sobre las mismas personas, sino en asumir responsabilidades, planificar con rigor y actuar con respeto hacia quienes sostienen, cada día, el interés general.
Porque las plazas no son tierra en barbecho. Son vidas.
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